“Santa existe y está en…”

Hace 1 año nos alistábamos para ir a Galerías Atizapán a ver a Santa y tomarnos la tradicional foto con aquel personaje de barba blanca. Llegamos al lugar, pero ¿cómo ir a visitar a Santa sin llevarle un presente? Acudimos a la famosa tienda departamental a comprarle un obsequio que pudiera utilizar en esta fría temporada. Encontramos una taza morada para que tomara su chocolate caliente cada mañana, preparado con inmenso amor por mamá Claus. Santa estaba feliz por su obsequio y lo agradeció ¡MUCHO! Mis hijos se sentían emocionados de recibir tantos apapachos de parte de aquel mágico personaje.

A un año de distancia, mi hijo mayor acaba de cumplir 11 años y poco a poco se convierte en un joven adolescente; mi esposo y yo, pensamos que había llegado el momento de revelarle la verdad. Con mucha incertidumbre aguardamos el momento indicado… Ayer por la tarde acudimos a la misma plaza en búsqueda de hermosas decoraciones para llenar de color nuestra nueva casa y cuál fue nuestra sorpresa, al llegar, vimos que Santa ya estaba ahí. Mis hijos no lo pensaron dos veces y decidieron ir a tomarse la tradicional foto. Así que pagamos y aguardamos nuestro turno. Diez minutos después, ya estábamos los tres junto al gordito panzón.

—¡Ho, ho, ho! —Nos saludó efusivo. Me acerqué a él, lo abracé y le dije al oído: “Joel y Sara”, para que los llamara por su nombre.

—¡Ho, ho, ho!, Joel y Sara ¡Cuánto han crecido! Todos los días uso mi tazón que me regalaron el año pasado y siempre me acuerdo de ustedes”.

¡Yo me quedé con el ojo cuadrado y la boca abierta! No lo podía creer: el gordito panzón se acordaba de nosotros y de aquel tazón morado.

—¡Sí!, todos los días lo uso y pienso en ustedes. Recuerdo su intención de traerme deliciosas galletas, pero ese día el coche se les descompuso y lo dejaron en casa y las olvidaron, por eso me compraron otro obsequio: el tazón morado.

¡Todo lo que ese gordito decía era verdad! Hace un año nos subimos al coche, antes de salir de nuestro fraccionamiento y escuchamos ruidos inusuales, decidimos dar media vuelta y dejar el auto en casa. Llevábamos una hermosa caja de galletas, porque no suelo llegar con las manos vacías a ninguna parte. En nuestras prisas por salir, se nos olvidaron las galletas en el carro y nos dimos cuenta hasta que llegamos a la plaza, por eso decidimos buscarle otro obsequio y encontramos una taza color morada para que bebiera su chocolate.

Cuando llegamos con él, mis hijos se apresuraron a contarle el incidente del carro, de las galletas, del tazón y le explicaron con lujo de detalle todo lo sucedido: el carro descompuesto, el humo que salía de este, las galletas, el nuevo obsequio. ¡TODO! Y, 365 días después, aquel hombre de barba blanca, de sonrisa contagiosa, de panza redondita recordaba a mis hijos y la anécdota de aquel frio día de noviembre 2013. ¡Quedé impactada! No sabía ni qué decir.

-“Mami, hoy sí estoy seguro. ¡Santa, el de la plaza es el verdadero! Se acordó de nuestros nombres y del regalo que le dimos el año pasado” dijo mi hijo de 11 años. Así que pensé: “¿Revelarle a mi hijo la verdad? ¿Cuál verdad? ¡Santa existe y está en Galerías Atizapán!

Familia Alonzo

 

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