Testimonios


Mujer 21 años
Un año y dos meses sin consumir

No sé en qué momento, pero de pronto el consumo se convirtió en toda mi existencia, literalmente pensaba que la vida era eso: drogas, sexo y destrucción todos los días. No siempre fue así, estaba acostumbrada a ser una niña “fresa”, una niña “bien”. Sentía una obligación profunda por cumplir los estándares de perfección en todos los aspectos, estaba completamente inconsciente de que nadie puede ser perfecto, entonces la frustración de no poder cumplir con todas las expectativas de mi familia y de la sociedad en general, me llevó al otro extremo completamente.


Hoy me doy cuenta de que no tenía identidad, cuando no pude cumplir con la que la gente decía que debía portar, la busqué a través de las drogas. Sentía que me definía ser “pacheca”, eso caracterizaba mi modo de ser, de actuar, de vestir y de vivir.

Mi consumo fue incrementando y con él, los cambios en mi personalidad, peleaba con todos y por todo, incluso pensé en terminar con mi pareja porque a él no le gustaba que fumara, y yo lo catalogaba como amargado. Con el tiempo lo dejé y cuando lo hice, me volví loca, literalmente. Me salí de mi casa, quería drogarme y hacer todo lo que no pude mientras estaba con él. Comencé a hacer muchísimas cosas que juré nunca iba a hacer  y a ingerir drogas que nunca había usado. Yo pensaba que jamás iba a consumir nada que no fuera natural o alcohol, por lo mismo de ser pacheca y creer que el verde es vida, todas esas mentiras que nos decimos para justificar nuestra adicción. Cuando abrí los ojos, ya consumía cocaína, MDMA y ¿la verdad? Lo que hubiera. Mi actitud cambió con todo lo que me rodeaba, de ser una niña dulce, fresa y cordial pasé a ser agresiva y aislada. Después de meterme tantas cosas entré en un brote psicótico muy fuerte; oía voces y veía demonios. Pensaba que alienígenas y seres superiores me contactaban para que yo le transmitiera un mensaje al mundo. Además, tenía ataques de pánico frecuentes por las noches y en el tráfico, ansiedades tan estremecedoras que sólo podían calmarse con un “toque”. Necesitaba un toque y otro toque y otro más; todo el día, todo el tiempo, vivía con mucho miedo. ¿Dónde había quedado la niña perfecta?  Se evaporaba junto con el humo en cada jalón.

Después conocí a mi pareja actual quien lleva tres años limpio, yo quería lo que él tenía, esa calma y serenidad, así que me pasó el mensaje cuando se dio cuenta de mi problema de drogas y dije “está bien, me voy a dejar de drogar”. La supresión era insoportable. Para ese momento mis papás ya se habían dado cuenta de que estaba mal, porque aunado a las drogas padecía anorexia y bulimia, yo en verdad quería ser perfecta, así que para mi sorpresa me esperaba una intervención. No era la primera vez que hablaban conmigo, años atrás ya había tenido problemas pero no sentía el miedo profundo que me invadía en esta ocasión, así que en vez de actuar agresiva y altanera como en ocasiones previas, agaché la cabeza y pedí ayuda.

Mi familia quería meterme a una clínica “nice” para trastornos alimenticios, aún en negación de que su hija era Barbie drogadicta, pero yo había escuchado mucho sobre un lugar en las afueras de Hidalgo. Un lugar nada nice pero que me prometía la salvación, en verdad quería estar bien. La verdad es que no la pasé nada bien ahí, hoy, cada que quiero consumir pienso en ese lugar y me detengo. Vi muchas cosas en cuatro meses y medio, pero pude enfrentarme con la realidad de la enfermedad. Veía gente decidida a dejar de drogarse, que con el tiempo regresaban recaídas, otras que nos enterábamos que morían o que llegaban y jamás bajaban del viaje. Entendí que la enfermedad de la adicción no respeta edad, raza, género ni condición social, nada.

No voy a mentir, mi vida en recuperación no ha sido fácil, pero tampoco dificil; ha sido fuerte. Nunca quise ver la realidad, siempre quise cambiar a todo y a todos y no pude, así que consumí para ver las paredes rosas como siempre las quise, entonces ha sido fuerte ver la vida tal cual es. Hay veces que no controlo mis emociones, me equivoco mucho, pero aprendí que está bien, que tengo permiso de equivocarme porque soy humana y tengo por seguro que todo mejorará mientras no consuma. Aún me falta mucho por aprender y sé que crecer duele. Me siento libre de la perfección y además, hay días en los que despierto y en verdad me siento exitosa, nunca pensé que pudiera llegar a estar orgullosa de mi. Voy a la escuela, asisto a mis reuniones en Alcohólicos Anónimos, tengo nuevas amistades, la mayoría en recuperación y ¿la verdad? Amo mi vida, amo hacer servicio, por primera vez siento que formo parte de algo más grande que yo y lo más importante, estoy aprendiendo a ser una más en esta vida.


Hombre, 46 años

17 años sin consumir

Era una madrugada de 1994 y yo estaba en Paseo de la Reforma en calzones buscando a Dios, me tomó siete años de abuso de sustancias llegar hasta ese punto. Después tuve dos recaídas, ambas de un sólo fin de semana, con las mismas personas y en el mismo lugar, aunque en diferentes años. Tendría 21 años limpio, pero esas recaídas fueron necesarias y no me arrepiento, porque gracias a ellas comprobé que en verdad no podía volver a usar y que la sustancia ya no tenía ningún efecto placentero en mi.

Mi primer contacto con la sustancia fue el alcohol, creo que como a los 11 años, nos robamos una botella de anís mis amigos y yo de una combi que tenían mis papás en la cual nos íbamos a acampar. Me encantó el efecto, todos estábamos riendo durísimo, de ahí en adelante, las borracheras fueron mi única constante hasta llegar a recuperación. A los 15 años probé la marihuana, en otro de esos campamentos, por algún motivo compartí cuarto con el hermano de alguien que era más grande que yo, el debió tener unos 17 años, me preguntó que si ya había probado la mota y por supuesto que asentí, no podía ridiculizarme frente a él. La marihuana fue el amor de mi vida. Pasaron dos años o menos y mi consumo ya era cotidiano, normal como fumar tabaco. En un abrir y cerrar de ojos la marihuana y el alcohol dejaron de ser sólo de fin de semana y además, comenzaba a tener consecuencias graves. Recuerdo la primera vez que pensé que podía tener problemas, iba bajando en la madrugada de Zona Esmeralda a Lomas Verdes y comenzó un anuncio de AA en el que te hacían el diagnóstico, acerté todas.

A los 19 ya me habían corrido de todos lados, mi familia era indiferente, ya no tenía mucho que perder, me fui con mis amigos a vivir a Cancún. Comencé a mover cocaína y ese año creo que fue donde se me voló la tapa, excesos en todo. Ahí comenzó la verdadera progresión de la enfermedad. Parecía tener una vida de rockstar en la que la moneda de cambio era la cocaína, sin embargo, al final ya ni siquiera era por la fiesta. No llegaba a mis compromisos por seguir drogándome. Decidí regresar a México porque me estaba matando tanto consumo, sin embargo, cuando regresé la enfermedad de mis amigos también había progresado. La decadencia continuó, recuerdo muchas escenas de violencia, miedo, accidentes, ninguna historia termina diferente con consumo. El final ya era inminente, después del episodio en Reforma pedí ayuda, fui con una especialista en adicciones y me sugirieron una clínica de rehabilitación porque ya había un daño importante en mi cerebro. De eso han pasado 21 años y mi vida ha cambiado radicalmente. Tengo una hija de 12 años que jamás me ha visto beber una gota de alcohol, diferentes negocios que manejo, soy dueño de mi propio tiempo, disfruto mucho de jugar golf y creo que aunque nunca voy a dejar de aprender y de madurar tengo muy claro algo, no hay por qué usar.


Mujer, 21 años
3 meses sin consumir

Llegué a las salas de recuperación a los 14 de años, y si mi historial adictivo tuviera una hoja de CV probablemente aparecerían enlistadas una congestión alcohólica, una sobredosis, un intento de suicidio y cuatro internamientos para parar la compulsión en mi cuerpo. Jamás pensé que mi vida sería así, aunque hoy transito por ella sin mayores percances ni dramas excesivos, me ha costado mucho trabajo llegar al punto de estar sentada en una junta de trabajo y no agachar la cabeza por un profundo sentimiento de minusvalía en el que hasta la fecha sigo trabajando. Desde mucho antes de consumir siempre me sentí diferente, ajena, como extranjera en mi propia casa. Además, tendía a vivir en la irrealidad y en constante conflicto, a pesar de siempre estar acompañada por familiares y niñeras siempre me invadía un profundo sentimiento de soledad. Crecí con muchas expectativas de las demás personas, mis padres y mis maestros decían que era brillante y que iba a llegar muy lejos. Mis notas eran altas, mi carácter sereno en exceso (hoy veo toda la represión que había en mi), y básicamente era la niña de cuadro de honor con la que te comparan en la escuela. Sin embargo, el vacío era constante, no me bastaba ser perfecta y sentía que tampoco a quienes me rodeaban, necesitaba algo que me llenara, algo que calmara la ansiedad.

Entonces, a los 12 años comencé a beber, desde el principio fue sola y con consecuencias absurdas, el gen alcohólico en mi cerebro actuó desde la primera gota. La liberación que sentí me enamoró, nunca volví a sentirla, pero jamás me cansé de buscarla a través del sexo, drogas, fugas geográficas, más alcohol y relaciones caóticas.

En un año ya había probado la marihuana y las tachas, en dos ya me habían corrido de la primera escuela por ingresar estupefacientes a las instalaciones y ya había pisado mi primer grupo de 12 pasos. A los 16 llegué a mi primer internamiento, creía, aseguraba, que eso era lo más bajo que podía llegar. Aún me faltaba mucho.

Después de nueve meses limpia me involucré en una relación con una adicta activa y mi codependencia eventualmente hizo que regresara a consumir, el fondo fue mucho peor, pero es que sólo las drogas callaban el ruido tormentoso en mi cabeza. No entendía cómo comenzaba a consumir en una fiesta en, no sé, Bosques, Zona Esmeralda o Interlomas y de pronto estaba en un barrio fumando piedra. Mi primer contacto con la cocaína base, que siempre me pareció de lo más bajo que existía y sólo en los grupos había escuchado de ella, fue después de una pelea con esa pareja. Salí alcoholizada encaminada a un anexo que conocía por esas calles y antes de llegar me llegó un olor a vainilla bastante peculiar, al voltear vi un microbús del que salía humo. Comencé a fumar ahí y cuando me di cuenta estaba en un hotel en Tacubaya después de algunos días sin haber parado de fumar. Era domingo, me asomé por la ventana en la paranoia que me invadía y vi en el mercado a una madre dándole la mano a su hija. Sentí un dolor indescriptible y cuando volteé y vi a ese hombre desnudo en la esquina, echo bolita sentí un miedo que en vez de paralizarme hizo que saliera corriendo de regreso a casa. En el camino venía temblando, con taquicardia tan ruidosa que llegaba hasta mi cerebro, le pedí a mi mamá que me internara una vez más. Juré que después de sentir las lágrimas de mi mamá en mi hombro cuando escuchó todo el coctel de sustancias que usaba, jamás lo volvería hacer. Mentí, una vez más. Al año y medio estaba volviendo a usar, sólo alcohol y marihuana, creía que podía funcionar. Esta vez ni siquiera tenía claro por qué me drogaba, tenía todo, y si, ese siempre fue mi problema, lo tuve todo y nada era suficiente, ni el mejor trabajo, ni la mejor pareja, ni el mejor coche, ni tampoco lo peor. Comencé a desarrollar otra adicción paralela al sexo y a actividades relacionadas con ello, y era bastante lógico porque lo que yo quería era llenar el vacío y no sentirme sola, ya no podía conmigo una vez más. Después un consumo muy fuerte, de perder mi trabajo y una escena dantesca en la puerta de mi casa de la cual aún no tengo memoria decidí regresar a grupo. Pensé que había entendido la lección, después de 10 meses me vi en una relación destructiva con una mujer con la cual además me drogaba. Era la misma historia que se ha repetido en más de una ocasión en mi vida, yo quería ser fuerte, salvarla, ayudarla y cuando me di cuenta yo estaba dándole la sustancia, haciendo la llamada para la siguiente dósis.

Pido todos los días a algo superior que al menos por este día me permita vivirlo con dirección, ¿cómo sé que esta es la buena? La verdad me lo pregunto todos los días, pero es que entendí algo muy importante, en realidad no lo sé. No sé nada, y está bien no saber, porque en el momento en el que me vuelvo arrogante y terca, en el que creo que NUNCA más lo volveré a hacer, me dejo llevar por la totalidad de mi enfermedad. Hoy estoy consciente de que la menor parte de mi problema es el uso y abuso de sustancias, más de una vez he perdido todo mucho antes de consumir. Trato de realizar diferentes actividades que cultiven mi mente y mi espíritu, que llenen el vacío, pero es que ese es el problema, si el vacío es interno, ¿cómo pretendía llenarlo con cosas de afuera?


Mujer, 33 años
3 meses sin consumir

Quiero compartirles mi historia y mi experiencia de rehabilitación por problemas de alcoholismo. Tengo 33 años, soy terapeuta holística aunque dejé de lado la profesión para dedicarme al cuidado de mi hijo. Yo empecé a consumir alcohol en reuniones sociales, pero hace año y medio caí en un cuadro depresivo (por un problema emocional que requirió atención siquiátrica y sicológica).

Al principio mi forma de beber se me hacía ‘normal’. Sin embargo, mi depresión se agudizó y supongo que ahí empecé a ‘tocar fondo’ porque ya no lo podía controlar. Lo que me llevó a ese estado fue por un problema que tuve con mi pareja y me diagnosticaron ‘depresión severa’ y ‘trastorno de ansiedad’. En un principio yo tomé la iniciativa de buscar ayuda, primero acudí a consulta siquiátrica, sólo que combinaba la toma de medicamento sin dejar mi adicción al alcohol.

Llegó un punto que mis propios padres me sugirieron entrar a una clínica donde estuve 35 días. La primera semana fue de desintoxicación y el trato era bueno; sin embargo, hubo un deceso de un paciente por negligencia, era un señor que se ahogó y no lo ayudaron y, como yo estaba muy vulnerable, me afectó. En realidad, me sentía muy mal y tenía sentimientos encontrados, llanto, tristeza, rabia, enojo.

De ahí, empecé con las terapias de grupo y considero que me fue bien. Independientemente del trato que recibí en la clínica, creo que de esta experiencia aprendí a ser fuerte, a considerar a los demás y ser tolerante. Al salir vi un panorama distinto, tomé conciencia de ser afortunada por tener una familia, pero maduré y me di cuenta que la estaba afectando. De todas las experiencias podemos sacar cosas positivas; quisiera que nadie se dejara llevar por una adicción porque arruinas tu vida; el alcoholismo, como cualquier adicción, te puede llevar a la muerte. En mi caso, yo caí en depresión por el abandono de mi pareja, y vi jóvenes a quienes sus papás los llenas de cosas materiales, o caen en adicción por vandalismo, incluso por presión social. Si tienes un problema emocional lo mejor es platicarlo, yo tenía compañeros de 19 años y es cruel ver que una adicción te auto destruye.

Colaboración especial: Gabriela Estarada


 
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