El jinete sin caballo

Al ponderarse el alcance y veracidad de dos universos tan distintos como la ciencia y la religión, caemos inevitablemente en la opinión de algunos intelectuales.

Al ponderarse el alcance y veracidad de dos universos tan distintos como la ciencia y la religión, caemos inevitablemente en la opinión de algunos intelectuales pertenecientes a cultos religiosos que, a su vez, realizaron trabajos de corte científicos que sirvieron como base para desarrollar los conceptos que hoy rigen el conocimiento.

Si bien es cierto que estos personajes ejercieron algún cargo eclesiástico en distintos credos -Gregor Mendel, católico austriaco padre del concepto actual de la genética o Johannes Kepler, alemán protestante luterano, estudioso del movimiento de los planetas- es menester pensar que indudablemente, en algún punto se enfrentaron a la disyuntiva de la incompatibilidad absoluta entre fe y sabiduría.

Cabe entonces también, meditar al respecto, para integrar la ciencia y religión en un mismo ejercicio conceptual, se requieren ciertas concesiones personales, mediante las que se debería evitar a toda costa la percepción de la ciencia como vehículo ideal para desacreditar a la religión como

una superstición y, en sentido contrario, la religión debe ceder ante el peso de la razón.

Un científico utiliza un procedimiento sistemático para adquirir conocimientos, lo cual, me parece ligado a la fe, pues este mismo “cree” como son las cosas y busca su explicación, al igual que un religioso. Es por esta razón que un científico puede pertenecer a un culto religioso, pero el intelectual per se, cuestiona y analiza la fe desde un sentido crítico y razonado y, por ende, la existencia de un ente supremo, en otras palabras y desde un manso, inofensivo y analítico punto de vista, la idea de un dios, en cualquiera de sus presentaciones, me parece insostenible, y ¿a ti?

 

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