La La Land

De cine, mole y pozole

La La Land

Director: Damiene Chazelle

Mia se gana la vida como camarera y se la pasa de casting en casting, con el deseo de lograr convertirse en la siguiente diva de Hollywood; mientras que Sebastian toca el piano en bares de segunda esperando algún día, abrir su propio club de Jazz. Así los caminos de Mia y Sebastian se cruzan en un romance que, poco a poco, pondrá en jaque sus propias aspiraciones.

La reina de las nominaciones a los premios Oscar de este año es nada menos que un musical. Y no es algo gratuito, está lleno de color y “alegría”, para hablar de una modernidad a veces frustrante, que constantemente te invita a luchar por tus sueños, pero que frecuentemente te anula por ser uno entre tantos. Arriesgada es la apuesta de Chazelle, que toma un género muy discutido e infravalorado para contar una historia acerca de dos de sus más grandes pasiones: el cine y el jazz. El director toma lo mejor de los aburridos clásicos del género y los hace lucir en una audáz mezcla de efectos digitales, melodías nostálgicas y coreografías a la Fred Astaire o Gene Kelly. Sus protagonistas (Ryan Gossling y Emma Stone) brillan en pantalla, enmarcados en una versión quizás muy rosa de Los Angeles, nos hace sucumbir completamente en la ensoñación de la propuesta. Al final del día, La La Land dedica sus compases y notas a Los Ángeles, ciudad cuya fuerza económica radica en los inmigrantes latinoamericanos. Durante dos horas nos olvidamos de Trump y sus declaraciones y soñamos con un presente mucho más brillante, que nos invita a continuar luchando por hacernos un lugar, por darnos una voz, por cumplir nuestros sueños.

 

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