La pasión nos invade

El futbol se ha convertido en unos de los fenómenos más importantes de las sociedades, un elemento muy influyente en la cultura popular.


¿Te has puesto a observar cómo el futbol mueve a las personas (los afectos, las relaciones entre ellas y el quehacer cotidiano) en torno a la copa del mundo?

Para los mexicanos asistir a Brasil significa unión, sueños, pasión, alegría y la oportunidad de demostrar de qué estamos hechos en la cancha.

Es, en este momento, donde los 18 equipos de la liga de futbol mexicano olvidan los colores de sus respectivos equipos o si son pumas, americanistas o chivas para portar orgullosamente la playera del Tri.

Durante los partidos de la selección —esperemos que sean muchos— escucharemos nuestro himno nacional, se nos llenarán los ojos de lágrimas de emoción y, desde lo más profundo de nuestros corazones, surgirán los sentimientos más positivos de orgullo y solidaridad, deseándoles lo mejor a nuestros muchachos.

Y es que para México jugar en el Mundial significa que somos capaces de competir con las grandes naciones del mundo.

El futbol como estilo de vida es un estandarte en la mayoría de los países: ¡más que deporte, es un sentimiento!

Cada cuatro años el verano es testigo de la pasión, la euforia y la alegría, porque aunque no a todos les guste el deporte, el ánimo se contagia.

Millones de seres humanos hermanados por un juego, cantidades exorbitantes de dinero para realizar el evento, diversas culturas provenientes de todo el mundo encontrándose con un sólo objetivo.

Y es que actualmente el futbol es el más universal de los deportes y supone una multitud de articulaciones sociales. Debido a su continuidad y frecuencia competitiva, es mucho más significativo aún que las olimpiadas.

Durante el tiempo que dura vivimos, comemos, soñamos y hablamos de futbol, no importa cuánto sepas de deportes o de los jugadores, nos convertimos en directores técnicos que apoyan al Piojo a llevar a nuestro Tri por el mejor camino y sufrimos si no lo logran.

Amamos el futbol, porque más allá de los equipos, los árbitros y los jugadores, es un fenómeno capaz de generar valores positivos morales y eso, apuntan algunos sociólogos, puede proyectar más éxitos fuera de las canchas. 

 

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