Cuando llega la hora de la verdad, siempre hemos preferido las mentiras

Faltando poco más de tres años para que se cumpla el centenario de nuestra Constitución, las reformas estructurales parecieran ser la panacea para la salvación de un atropellado país con más de 112 millones de seres humanos que diariamente continúan resquebrajándose, unos más que otros, para sobrevivir.


Sin contar con sus 53 multimillonarios —uno por cada millón de pobres— ni con otros millones más, dentro de un territorio colmado de recursos naturales y en el que todos hemos fallado por nuestra proclividad para no enfrentarnos con la realidad y menos con la verdad.

Encomiables son los esfuerzos que hacen todas las fuerzas políticas del país para ponerse aparentemente de acuerdo con las reformas, pero ninguna de ellas pierde de vista ni por un instante el factor electoral y la pugna por el poder político, y ese será su talón de Aquiles, porque la madre de todas las reformas es la reforma política, de ella parte todo. El poner las reglas claras para el acceso y el ejercicio del poder permitiría que las demás reformas fluyeran de otro modo sin amarres o concesiones. Una vez que se hubiera concluido con la reforma política, lo inmediato sería la inminente atención al tema de la pavorosa corrupción en la que estamos inmersos todos los mexicanos. Ninguna reforma se podrá consolidar sin que antes pase por la transparencia. ¿Cómo serán monitoreados los programas, las plazas y las evaluaciones del sector educativo, o el otorgamiento de contratos en Pemex, o las diversas implicaciones y controversias jurídicas que se darán en la reforma hacendaria y financiera?

La hora de la verdad ya llegó, pero ¿cómo aceptarla? Lo primero no solo es reconocer que somos una nación enferma de corrupción, sino crear algo muy superior al Pacto por México, es crear una sólida y legitima entidad que permanentemente trabaje sin distingos en contra de la corrupción a cualquier nivel; así, a nadie le pesaría pagar impuestos, ni buscaría cómo evadirlos, ni a ningún maestro le molestaría que lo evaluaran, ni nadie sospecharía de los compadrazgos e influencias en los grandes negocios que hay dentro del sector energético.

Lo segundo, sería no solo reconocer sino corregir nuestro modo de vivir dentro de la informalidad en todo lo que hacemos, para darnos cuenta de que teniéndolo todo no tenemos nada. Es la hora de la verdad. ¿Sí podemos o no podemos…?

P.D. “La verdad os hará libres.”

Juan 8, 31-42

 

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