Pedalazos primermundistas

Querido lector, dejando de lado cualquier tipo de presunción, me permito decir que –avalado por al menos 10 millardos de kilómetros recorridos por calles y avenidas mexicas en los últimos cinco años–, el arte del velocipedismo urbano radica (más allá de la tecnología, de la genética o del espíritu) en la civilidad, es decir, en la educación, en el respeto, en la cortesía y en los valores.
No recuerdo cuando fue que pude pedalear tranquilo en la Ciudad de México, en Satélite o en Zona Esmeralda; no recuerdo un solo día en que la tensión, el estrés y un peligro inminente, no fueran mis fieles compañeros de camino, porque en México no somos simplemente groseros, irrespetuosos, abusivos y despiadados, somos salvajes –probable resultado de una mezcla impropia de culturas– e irracionales, no pensamos en nadie más que en nosotros y –devenido del egoísmo, probable resultado de una conquista malograda y mezquina– vivimos a la ofensiva.
Es curioso pues, rodar del otro lado del mundo, donde todo se sucede al revés, no solo se circula por la izquierda y el agua del retrete gira hacia el otro lado –sí, lo hace–, sino que la gente tiende a respetar y a proteger –mayormente– a los ciclistas…lo que quiero decir, es que un mundo mejor, un México mejor es demasiado posible y depende, casi por completo, de nosotros mismos.
Utiliza las direccionales, cede el paso, respeta los carriles confinados, conduce responsablemente, bájale al estrés y comienza a ser parte integral y fundamental del México “bicicletero” que todos, aunque sea de niños, alguna vez, soñamos.