(la coherencia)

El secreto de una familia feliz

Muchas veces, al educar, terminamos siendo incoherentes, a partir de nuestro comportamiento y nuestro ‘mensaje’, terminamos creando confusión, es decir que, -quizás sin notarlo- nos convertimos en aquello que combatimos.

Muchas veces, al educar, terminamos siendo incoherentes, a partir de nuestro comportamiento y nuestro ‘mensaje’, terminamos creando confusión, es decir que, -quizás sin notarlo- nos convertimos en aquello que combatimos.

Solemos creer que nuestros hijos no tienen la suficiente capacidad como para notar que estamos haciendo o diciendo esto o aquello pero, en realidad, los estamos subestimando, si algo debemos tener siempre presente, es que su inteligencia y sus capacidades –sin importar su edad-, van muchísimo más allá de lo que queremos o podemos apreciar.

Recuerdo que una tarde mi padre, respondiendo a mi infantil solicitud por dar una probada de su cigarrillo, me dijo: “cuando sepas lo que cuesta un cigarro, podrás fumar”, sé que su intención –ni buena ni mala, solo silvestre- era prolongar el mayor tiempo posible, mi ingreso al bajo mundo del vicio de la elegancia, ¿te imaginas dilecto leedor, cuál fue su sorpresa, cuando ya bien entrado en los 14 años, me encontró, cigarrillo entre los labios, paseando por la casa?

La cajetilla había sido comprada con mis ganancias como empacador de supermercado, el trabajo no era sencillo y definitivamente, -según su propia enseñanza-, yo era apto para hacerlo, no tenía por qué ocultarlo. Me fue como en feria y, más que aprender una lección, aprendí a guardarle rencor al tal señor.

Años después, cuando el murió de EPOC y a mí me costaba demasiado trabajo dejar el hábito, comprendí que, hubiera sido cien veces más funcional que él dejara de fumar frente a mi o bien, que lo dejara definitivamente, porque a veces, o casi siempre, olvidamos que, más allá de las palabras y los escarmientos, educamos más efectivamente con el ejemplo.

 

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