El observador de Sí mismo

Casi todos, unos más y otros menos, andamos por la vida sin darnos cuenta de mucho de lo que pasa alrededor, y peor aún, de lo que provocamos en otros cuando se cruzan en nuestro camino.


Entonces, pasamos los días sin detenernos a pensar que estamos en riesgo de ser asaltados cuando nos concentrarnos en el celular mientras esperamos la luz verde del semáforo; y sin percatarnos de los corajes que hacen otros conductores cuando invadimos intempestivamente su carril; y sin pensar en lo que siente un peatón al que hacemos correr mientras cruza la calle para evitar llevar tatuada la forma del faro de nuestro auto por el resto de sus días.

 En el trabajo, muchos no se imaginan que la forma en que hablan o piden las cosas molesta o agrede a sus compañeros; y en el otro extremo, hay quienes se pierden de saber que la gente agradece su buen humor y reconoce su trabajo.

 El problema de no darnos cuenta de lo que hacemos es que se producen interpretaciones de nuestros actos que están lejos de ser intencionales, y por lo tanto, cuando son malas no sabemos evitarlas, y cuando son buenas, no podemos replicarlas.

 La solución para reconocer o “sentir” lo que producimos en la gente que nos rodea, es que -conscientemente- instalemos en nuestro subconsciente un observador de nosotros mismos, que constante y permanentemente nos diga cosas como que estamos distraídos cuando no deberíamos, que parecemos molestos cuando en realidad no lo estamos, o que alguien necesita sentir que lo apreciamos y estamos siendo distantes.

 Los beneficios de contar con este observador -al mío lo imagino como un “dron” sobrevolándome y mandándome video de todo lo que hay a mi alrededor- son significativos, e incluyen el poder ver las reacciones “del otro” a nuestras acciones, igual que las reacciones propias ante las acciones ajenas, y con esa información, decidir si cambiamos lo que estamos haciendo, o mantenemos el curso.

 En otras palabras, se trata de dejar de vivir en primera persona, en el “yo” absoluto que con el pretexto de que somos independientes excluye siempre al “tú”, elemento indispensable para alcanzar un mejor nivel, el de la interdependencia, en el que aceptamos que influimos y somos influidos por los demás, que los necesitamos para crear la dependencia recíproca que caracteriza a las relaciones emocionalmente sanas, esas que producen la sensación de que vivir, es maravilloso.