El reino del revés

Siempre hemos gustado de decir que México –en muchos de sus ángulos sociales y administrativos– es el reino del revés y según recuerdo, era Chabelo quien cantaba que ahí, nadie bailaba con los pies, que era el gato el que nadaba y no sé qué… y dejando de lado los chascarrillos, déjame contarte que hay un sitio donde las personas conducen del lado contrario de la calle y casi nadie suena el claxon, donde -si el calor aprieta-, es sencillo encontrar un bebedero público que, curiosamente, ¡funciona!, es un sitio donde los albañiles no vociferan irreflexivos vituperios a la primera mujer que se les atraviesa, donde casi cualquier trabajo es dignamente recompensado, donde los policías no inspiran temor ni carcajadas, donde las personas ceden el paso por cortesía, donde uno mismo hace la cuenta y el correspondiente pago de sus compras sin supervisión alguna porque nadie necesita hacerse de aquello que no le corresponde, donde la vida privilegiada y segura no dependen de calles cerradas, centros de comando y escuadrones de vigilancia -las verdaderas élites no comenzaron en la cima, la alcanzaron-, donde los niños aún juegan en las calles y no existe un solo recoveco oscuro que represente un peligro para nadie.
Querido leedor, el mundo del que te hablo existe y, lo sé, porque llevo algunos días recorriéndole las calles, creo que ese primermundismo que por veces percibimos tan lejano está más cerca de lo que queremos aceptar y no, no depende de un gobierno pésimo o de uno nefasto –como bien nos ha tocado- sino de nosotros mismos o… ¿me equivoco?