Ángela

Al final no tuvo ni el derecho a poseer un nombre, le asignaron uno prestado; nació en el seno de un país pútrido, donde la diferencia ética entre lo bueno y lo malo se diluye, cada día más, en ese falaz solvente de una competencia estúpida por obtener "el éxito", o al menos, -como premio de consolación-, satisfacer un enfermizo e inmediato placer a costa de lo que sea, a costa de quién sea. Era leve y frágil, como casi todo lo hermoso, no hubo más oportunidad de conocer sus habilidades, destrezas y talentos, un país entero en decadencia ética y moral se lo impidió.

En ese concepto tan ambiguo y general que es la vida, cabe todo, desde una puesta de sol, desde la gratitud infinita por un campo de sueños de colores ofrendado por seres bien nacidos, hasta el infierno de la ignominia humana.

Esta no es una nota roja, es una nota triste, triste y necesaria. Su pequeño féretro albo y sencillo penetró lentamente la tierra, una tierra que ha permanecido por años dolida y estéril. Un lugar común será decir que su muerte no debiera ser en vano, pero... ¿cuantas faltan?, ¿cuánto tiempo será aún posible que podamos voltear la vista hacia otro lado para evadirnos con el juego de:

"aquí no pasa nada", "es un hecho aislado", "a mi qué"?

Ángela se despidió ayer de un mundo extraño y contradictorio que no le pudo o no le quiso mostrar su buena cara; un mundo que a golpe de acciones y omisiones hemos forjado, de eso nadie puede arrancarnos la parte de culpa que, como sociedad abúlica y apática, nos corresponde a cada uno. Ayer, mientras algún funcionario lucraba con tu muerte, tú te llevabas prestado un nombre que al final te correspondía y fue lo único digno que esta sociedad supo darte.

Descansa en paz Ángela.

 

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